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alucinábamos en la moto, recorríamos kilómetros y kilómetros de carreteras imaginándonos que en algún paraje habría una ventura: peleábamos contra robots o zombis, sudábamos mucho soñábamos con ninjas espaciales que vencíamos después de varios golpes, que nos sobraba fuerzas para pensar en alguna película que protagonizaríamos tú y yo, siempre con un final romántico y valiente, así solíamos ser: rudos y temerarios, nada nos detenía ni siquiera los capos de la mafia a los que siempre tildábamos para robarles las drogas y el dinero
viajamos miles de kilómetros en moto y parábamos en las pastizales para buscar hongos o fumarnos un churro (y cuando teníamos varo) nos inyectábamos heroína o inhalábamos coca cuando falta el varo parábamos en los en las pequeñas cantinas y nos ofrecíamos de meseros, de sacaborrachos, de lo que fuera no importaba el giro de la cantina (fuera gay o heterosexual) una vez bailamos desnudos, una vez tuvimos sexo a frente a todos sobre una mesa improvisada, y todos se masturbaban y reían y reían de nosotros en un par de ocasiones nos prostituimos y lo hacíamos con el placer de saber que con nuestro trabajo éramos libres
viajábamos y parábamos en los moteles de paso y cuando estábamos juntos (haciendo lo que verdaderamente es el amor) me decías: ¿sueñas con el día que llegaremos y pararemos? y me daba pavor la posibilidad de parar, de llegar (aunque nosotros no buscáramos absolutamente nada) me daba miedo la estabilidad, (pensar que los días serían todos iguales) recordaba a mamá, a las tías, a las abuelas, a las comadres a las vecinas y compañeras con una vida siempre igual soportando al marido, pariendo hijos, renunciando a ellas...
lloraba mientras lo hacíamos y me decías tontita y mirabas con ternura y yo sabía que tus ojos eran un mar infinito después del silencio y después el pacto de ser siempre unos beatkins, unos yonquis, los grovies felices buscando el camino que dibujó Kerauak en sus poemas
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